Digamos que se llamaba Manu. Había nacido en el 49 en Indautxu y cuando yo le conocí, estaba en Ingenieros. No era muy alto, más bien fibroso y ancho de espaldas. Su pelo, de un castaño normal, ni largo, ni corto y casi siempre revuelto, le daba un aspecto de sabio despistado.
No muy hablador, ni especialmente simpático, se dejaba aceptar en los grupos. Sus ojos, intensamente azules y vivos, denotaban una inteligencia aguda, una cierta tristeza y una atención constante y disimulada hacia todo lo que acontecía a su alrededor.
Casi todos los que andábamos por Pozas entre los años 69 al 74-75 aproximadamente, le conocíamos de vista. Era un asiduo. Jamás pagaba un pote porque, además de andar a dos velas, como casi todos en aquéllos tiempos, él era especialmente “progre” y dejaba que pagaran los “capitalistas” que, no eran otros más ricos que él, sino los que daban clases particulares o hacían algún trabajillo al mismo tiempo que estudiaban la carrera.
Leía todo lo que caía en sus manos de política, sobre todo marxismo, troskismo, maoísmo y todos los ismos del momento. También leía Filosofía y la Literatura más vanguardista. No alardeaba de ello, pero sus frases llenas de fina ironía, denotaban su bagaje y su potencial intelectual. La gente respetaba sus opiniones y se le consideraba un “cerebrin”.
No era especialmente ligón. No le conocimos ninguna novia hasta que conoció a Victoria en Pozas (que era el único lugar en el que hacía vida social). Ella estudiaba filología alemana y era una chica inteligente y con mucho estilo. Se ponía junto a ella en los grupos de poteo y, poco a poco, fueron haciendo “apartes”. Llegaron a salir sólo unos meses porque cuando acabó la carrera, Victoria se fué a Alemania a hacer el doctorado. Cuando volvió la primera Navidad, ya le dijo a Manu que se olvidara de ella, que había conocido a alguien y que tenía intención de quedarse allí, al menos, unos años.
Manu también había acabado la carrera, brillantemente por cierto, pero todavía no quería trabajar, no quería seguir “el camino de todo el mundo”: Buscar un trabajo, casarse, endeudarse, tener hijos, él quería seguir siendo libre. Los demás, los que sí “seguimos el camino”, empezamos a dejar de ir a Pozas. Sólo de vez en cuando quedábamos allí, pero ya no era nuestro lugar. Éramos mayores que la mayoría de los que pululaban por la zona. Sólo Manu seguía siendo un habitual.
El asunto de Victoria le afectó tan profundamente que le amargó el carácter. Cada vez estaba más solo y bebía más. También fumaba canutos sin ningún pudor siempre que conseguía que alguien le diera uno. Pasaron los años y un día ví a Manu sentado en un banco de la Gran Vía. Estaba muy desaliñado. Tenía una botella medio vacía a su lado y hablaba solo. Me acerqué y le dije “Hola Manu, ¿Cómo estás?”. Según lo estaba diciendo, me estaba dando cuenta de la estupidez de mi pregunta. Me miró con una mirada entre ausente y despectiva y no dijo nada. Posteriormente, le he visto alguna vez con sus bolsas de plástico llenas de no se sabe qué, su mirada ausente, sus monólogos, su mugre y supongo que su prodigiosa inteligencia llena de agujeros negros.
Esta semana me he enterado de que le han encontrado muerto en un cajero. Ironías del destino. Él, que no quería hacer nada que pudiera rozar el capitalismo, es la única persona que conozco que ha muerto dentro de un Banco.
Algunos, a estas alturas ya sabéis de quién estoy hablando. Eso es lo de menos. La historia de este hombre, puede ser la de tantos hombres y mujeres que forman parte de nuestra sociedad y que, por una u otra causa, se han dejado llevar. No han querido o no han podido luchar para “seguir el camino” mejor o peor y …
… como dice Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” Otra cosa es… poder andar.
Bilbao, 1 de Noviembre de 2009
Primera obra de arte de muchas, seguro. Entrañable, cercana, que invita a la reflexión.